Aunque parezca asqueroso, algunos perros realmente se comen su propia popó. Y no, no necesariamente significa que les falten vitaminas. Este comportamiento tiene un nombre, coprofagia, y puede tener varias explicaciones. Algunas son bastante normales, pero otras sí pueden ser una señal de que algo necesita atención. Ayúdame a que esta información les llegue a todos los que tienen perritos en casa.
¿POR QUÉ LO HACEN?
En cachorros puede ser simplemente exploración o curiosidad. También puede convertirse en un hábito si tienen acceso constante a las heces. Incluso existe un comportamiento completamente natural relacionado con esto: las madres comen las heces de sus cachorros para mantener limpio el lugar donde están.
Pero en algunos perros también puede haber una causa médica. Problemas que dificultan la absorción de nutrientes, parásitos, una alimentación insuficiente o enfermedades que provocan un aumento exagerado del apetito pueden favorecer que un perro busque comida donde normalmente no debería.
¿QUÉ PUEDES HACER?
Una de las medidas más efectivas es también la más sencilla: recoge sus heces inmediatamente. Evitar que tenga acceso a ellas impide que siga practicando y reforzando el comportamiento.
También puedes acompañarlo cuando haga del baño y enseñarle a alejarse inmediatamente después. Llámalo, prémialo cuando vaya contigo y recoge las heces antes de que pueda regresar.
Y no lo castigues metiéndole el hocico en las heces. Además de ser una práctica inadecuada, no soluciona el problema y puede empeorarlo.
¿CUÁNDO DEBES PREOCUPARTE?
Si un perro adulto comienza repentinamente a comer heces, especialmente si también pierde peso, tiene diarrea o parece tener hambre todo el tiempo, vale la pena llevarlo al veterinario. En esos casos podría ser necesario descartar parásitos, problemas digestivos o enfermedades que estén aumentando su apetito.
Así que no asumas inmediatamente que necesita vitaminas, piña o algún remedio casero. Primero hay que entender por qué lo está haciendo, porque la solución depende de la causa.
Esta información es orientativa y no sustituye la valoración de un médico veterinario.
Lo que casi nunca funciona (aunque se recomiende mucho)
- Piña, calabaza o «el ablandador de carne»: la idea es que amargan las heces. En la práctica, los estudios muestran resultados muy pobres, y en varios perros no cambia nada.
- Los productos comerciales «anti-coprofagia»: lo mismo. La revisión más citada encontró tasas de éxito bajísimas.
- Castigar, gritar o meterle el hocico: no solo no funciona; muchos perros aprenden a comerse la evidencia más rápido para que no los descubran.
- Lo que sí funciona es de sentido común y sin misterio: recoger de inmediato, supervisar y enseñarle a alejarse cobrando premio.
El ejercicio que lo resuelve en dos semanas
- Sácalo con correa a hacer del baño, incluso en tu patio.
- En cuanto termine, llámalo con voz alegre y aléjate un par de pasos.
- Págale bien: un premio de verdad bueno, no una croqueta cualquiera. Estás compitiendo contra algo que él sí quiere.
- Recoge mientras él mastica el premio, dándole la espalda al montón.
- Repite siempre igual durante dos semanas. Se vuelve automático: hace del baño y voltea a verte esperando su pago.
- Enséñale «deja» como comando aparte, con juguetes y comida en el suelo. Es el mismo ejercicio que le salvará la vida el día que encuentre algo tóxico en la calle.
Cuándo sí hay que estudiarlo
- Perro adulto que nunca lo hacía y de pronto empieza.
- Come heces y además tiene hambre exagerada, baja de peso o tiene diarrea grasosa: hay que descartar insuficiencia pancreática o mala absorción.
- Perro con diabetes, Cushing o en tratamiento con cortisona: el apetito desbocado es un efecto conocido.
- Perro con parásitos o con alimento insuficiente para su gasto.
- Perro mayor con desorientación: la disfunción cognitiva también cambia estos hábitos.
El riesgo real para la casa
Más allá del asco, comer heces —propias, de otros perros o del gato— transmite parásitos, giardia y bacterias que después llegan a las manos y a la boca de los niños. Por eso el manejo incluye desparasitación al día, recoger el patio a diario y colocar el arenero del gato en un lugar donde el perro no llegue: alto, detrás de una puerta entreabierta con tope, o dentro de un mueble con acceso solo felino.
