Desde cachorro, nunca soltaba su peluche. Dormía con él, jugaba con él… era su refugio. Con el tiempo su energía se fue apagando, pero su peluche seguía ahí, siempre entre sus patas.
El día que se fue, su familia no quiso dejarlo solo.
Lo acomodaron con cuidado… y pusieron su peluche a su lado.
Porque sabían algo
si hay un lugar después de esto…
él merecía llegar abrazando lo que más amaba.
Los perros no se olvidan.
Se quedan en nosotros… para siempre.
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Redacción FEPA Protección Animal